Bolivia, Documento sin título Sábado 20 de Diciembre de 2014
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Tradiciones paceñas, el helado de canela que siempre sienta bien...
Paula Quisbert López 50 años de trabajo

Fecha de publicación: 11 de julio de 2011
Noticias por: El Diario

Cerca a las fiestas julianas, y en nuestro recorrido por La Paz, no podíamos dejar de mencionar un sabor tradicional, un deleite del que jamás nos cansaremos...el siempre oportuno heladito de canela. Los ingredientes son simples, canela, hielo y una medida exacta de azúcar son el secreto que guarda Paula Quisbert López por 50 años, la fabricante y vendedora más antigua de la Plaza del Helado de Canela, en el populoso barrio de El Tejar, detrás del mercado de flores del Cementerio General de La Paz al oeste de la ciudad.

La delicia que aún surge de una batidora manual construida en madera, con engranajes y manija impulsada a fuerza de músculo, se acompaña con una empanada y es una de las tradiciones paceñas mejor conservadas aún con el paso del tiempo.

La historia

Hace 70 años, Alejandro Quisbert y María López, los padres de Paula Quisbert, se instalaron en el lugar y junto a otros comerciantes crearon la costumbre de disfrutar del helado artesanal después de visitar el camposanto.

“Conocer mucha gente, conversar y escuchar relatos es la otra parte del trabajo”, dice la mujer de sonrisa amplia, trato amable y una personalidad forjada a fuerza de vencer los obstáculos de la vida. El último miércoles, vistió un impecable mandil blanco, tocado elegantemente con una manta de vicuña ajustada por un prendedor dorado reluciente, así como los aretes y los anillos en cada mano. Una joya destellante destacó en el profundo negro de un sombrero, el tradicional de las cholas.

Pero esa no fue su vestimenta ni estilo. Entre sonrisas recuerda que entre su adolescencia y los 30 años, usaba vestido, pero confiesa que las polleras le ofrecían comodidad para adecuarse a la venta de los helados y la clientela. Por eso decidió quedarse con ellas hasta hoy. Como muestra de su anterior forma de vestir enseña una fotografía bien conservada en blanco y negro, donde luce el pelo largo y rizado.

Evelyn Mancilla es su joven sobrina que administra el puesto de venta y cuando escucha la historia del cambio de estilo en la vestimenta de su tía sonríe. Ella - admite - no cambiaría sus cómodos jeans y la chamarra muy a la moda, en un medio cultural donde las personas aún rechazan y discriminan a las polleras.

Los helados no sólo fueron el modesto ingreso para la familia que ahora protege la mujer de reconocida popularidad por el sabor de los mismos, también fue el refugio para las tristezas de las cuales habla poco. Hace poco falleció una de sus ocho hermanas, y ella heredó el cuidado de sus hijos y nietos.

En un momento de calma en la puerta de una casa humilde de fachada antigua, al final de una calle sin salida y cerca del comercial barrio El Tejar, abandonó los quehaceres de la casa, la preparación de la comida, la atención de los más pequeños y la preparación de los helados. Por un instante sus lamentos estuvieron a punto de convertirse en llanto, pero pronto los recuerdos de los años juveniles llenaron su rostro de sonrisas. Entre anécdotas recuerda que no encontró un pretendiente responsable. “Borrachos nomás me tocaban”, confiesa y con ello reveló el otro lado de su personalidad, enérgica y responsable con su vida y con su trabajo al que no falta, salvo algún problema de salud.

Hay que ser responsable dice en tono vigoroso, y como resultado de esa disciplina lleva a cuestas el medio siglo en la actividad más reconocida en la Zona del Cementerio. No se casó para evitarse el sufrimiento vivido por sus hermanas, el mal trato y la violencia en el hogar, dice, sin esconder su orgullo.

Los carnavales o el día de Todos los Santos son las fiestas de Quisbert y de sus sobrinos y ayudantes porque verán pasar a mucha gente, escucharán historias matizadas de tristeza de los que partieron y aliviarán el desencanto de los vivos con el dulce sabor del helado de canela.


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